Hijas y esposas
Hijas y esposas Eso fue una maldad por su parte. TenÃa toda la intención de ir y estaba segura de que su madre ya imaginaba qué vestido le pondrÃa para la ocasión. Pero el señor Gibson, que, a pesar de ser médico, aún no habÃa aprendido a diseccionar el corazón de las mujeres, se lo tomó en serio, y se enfadó enormemente con las dos; tanto que apenas se atrevÃa a hablar. Fue rápidamente hacia la puerta, dispuesto a salir, pero le detuvo la voz de su mujer:
—Querido, ¿tú deseas que vaya? Si es asÃ, dejaré de lado mis sentimientos.
—¡Pues claro que quiero! —dijo él, en un tono brusco y severo; y se fue.
—¡Entonces iré! —exclamó ella, adoptando el papel de vÃctima; las palabras iban dirigidas a su marido, pero él apenas la oyó—. Tomaremos un simón en el George, le pondremos una librea a Thomas, cosa que hace tiempo que quiero hacer, sólo que al querido el señor Gibson no le gustaba la idea, aunque en una ocasión asà estoy segura de que no le importará; y Thomas irá en el pescante, y…
—Pero, mamá, yo también tengo mis sentimientos —dijo Cynthia.
—¡Zarandajas, niña! Ahora que todo está tan bien planeado…