Hijas y esposas
Hijas y esposas —¡Bueno, pues no vayas! —dijo el señor Gibson, irritado, pero sin ganas de empezar una discusión, porque estaba a punto de perder los nervios.
—¿Tú quieres ir, Cynthia? —dijo la señora Gibson, ávida de una excusa para cambiar de opinión.
Pero su hija no ignoraba por qué le hacÃa esa pregunta, y replicó, con gran calma:
—No especialmente, mamá. Estoy dispuesta a rechazar la invitación.
—La invitación ya ha sido aceptada —dijo el señor Gibson, a punto ya de jurar que jamás volverÃa a entrometerse en ningún asunto en el que hubiera mujeres de por medio, lo que, de hecho, le apartaba de cualquier futuro asunto amoroso. HabÃa agradecido la actitud conciliadora del señor Hamley; habÃa creÃdo que la invitación serÃa una alegrÃa para los suyos, ¡y ahora todo iba a quedar asÃ!
—¡Cynthia, tienes que ir! —dijo Molly suplicándole con ojos y palabras—. Ve; estoy segura de que harás buenas migas con el señor hidalgo, y la casa es muy bonita; si no vas, quedará muy decepcionado.
—No quiero renunciar a mi dignidad —dijo Cynthia, con aire remilgado—. ¡Y ya has oÃdo lo que ha dicho mamá!