Hijas y esposas
Hijas y esposas —Yo no sĂ© si irĂ© —dijo la señora Gibson. No supo por quĂ© lo dijo, pues su intenciĂłn, en todo momento, habĂa sido ir; pero tras escapársele esas palabras pensĂł que debĂa obrar en consecuencia, al menos durante un rato; y, con un marido como el que tenĂa, más le valĂa encontrar una razĂłn para hablar asĂ. Y no tardĂł en ocurrĂrsele.
—¿Por qué no? —dijo él, volviéndose hacia su mujer.
—Pues porque… porque creo que tendrĂa que haber visitado primero a Cynthia; soy asĂ de susceptible: no soporto pensar que la desprecian porque es pobre.
—¡Pamplinas! —dijo el señor Gibson—. Te aseguro que no habido desprecio alguno. El señor Hamley no piensa hablar del compromiso con nadie, ni siquiera con Osborne; Âżno es eso lo que quieres, Cynthia? Y tampoco lo mencionará ante ninguna de vosotras cuando vayáis; sĂłlo que, como es natural, quiere conocer a su futura nuera. Si viniera aquĂ se desviarĂa mucho de su rutina habitual, y entonces…
—No quiero que venga a esta casa —intervino la señora Gibson—. La otra vez que vino no fue muy amable. Yo soy de esas personas quĂ© no toleran que se menosprecie a la gente que quiero, a pesar de que la fortuna no les haya sonreĂdo. —SuspirĂł de manera ostentosa al acabar la frase.