Hijas y esposas

Hijas y esposas

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El señor Gibson conocía su negocio y la naturaleza humana demasiado bien para distinguir al joven Coxe con ninguna muestra abierta de favoritismo; pero no podía evitar, de vez en cuando, demostrarle al muchacho que sentía un especial interés por él, que no olvidaba que era el hijo de un amigo. Pero había, además, algo en el joven que le agradaba. Era impetuoso e impulsivo, sabía hablar, a veces daba en el clavo con inconsciente inteligencia, y en otras cometía terribles meteduras de pata. El señor Gibson solía decirle que su lema sería siempre: cura o mata, a lo que el señor Coxe respondió en una ocasión que le parecía el mejor lema que podía tener un médico; pues, si no se curaba al paciente, sin duda lo mejor era librarlo de su desgracia con discreción y sin tardanza. Al oírlo, el señor Wynne levantó la mirada sorprendido, y le preguntó si no temía que algunas personas pudieran calificar de homicidio tan contundente manera de librar a la gente de sus males; a lo que el señor Gibson, con tono seco, respondió que a él no le importaba la imputación de homicidio, pero que sería poco prudente desembarazarse tan de prisa de pacientes que le proporcionaban sus buenos ingresos; y que, a su entender, siempre y cuando estuvieran dispuestos a pagarle los dos chelines con seis peniques de la visita, su deber era mantenerlos con vida; naturalmente, con los pobres el caso era muy diferente. El señor Wynne se quedó meditando aquellas palabras; el señor Coxe se limitó a reír. Al cabo, el señor Wynne dijo:


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