Hijas y esposas
Hijas y esposas —¡Mamá! A lo mejor creeréis que soy irascible, pero debo pediros a ti y a Molly, y a todo el mundo, de una vez por todas, que no quiero que nadie me pregunte qué ha pasado con mi asignación, y no pienso responder a más preguntas. —No lo dijo faltando en lo más mÃnimo al respeto; pero sà con una serena determinación que acalló a su madre durante un tiempo; aunque, posteriormente, tras la marcha de Cynthia a Londres, la señora Gibson, cuando se quedaba a solas con Molly, se preguntarÃa a menudo en voz alta en qué podÃa haberse gastado el dinero su hija, y rastreaba la menor conjetura por bosques y valles de duda, hasta quedar agotada, momento en que abandonaba la cacerÃa hasta el dÃa siguiente. En aquel momento, sin embargo, se conformó con ceñirse a lo práctico; y el don para la costura, innato en madre e hija, pronto se dedicó a solventar algunas espinosas cuestiones de confección y gusto, y las tres, aguja e hilo en ristre, se pusieron a retocar el vestuario de Cynthia.
Las relaciones de Cynthia con el señor Hamley no habÃan progresado desde su visita a Hamley Hall, el otoño anterior. En aquella ocasión el señor hidalgo las habÃa recibido con hospitalidad y cortesÃa, y encontró a Cynthia mucho más encantadora de lo que estaba dispuesto a reconocer cada vez que la evocaba.