Hijas y esposas

Hijas y esposas

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No hubo noticias de Roger hasta tiempo después de que Cynthia regresara de Londres. Volvió más lozana y guapa que nunca, muy elegante, gracias a su propio gusto y a la generosidad de su prima, tenía un sinfín de divertidos detalles de la animada vida que había llevado, aunque tampoco estaba triste por haber tenido que dejarla. Trajo muchos regalos para Molly; una cinta para el cuello a la última moda, un patrón para una esclavina, un delicado par de guantes bordados como nunca se había visto, y muchas cosas que revelaban que, durante su separación, se había acordado de ella. Sin embargo, de un modo u otro, Molly percibía que Cynthia había cambiado en su relación. Era consciente de que nunca había gozado de su completa confianza, pues, a pesar de su aparente franqueza e inocencia, Cynthia era extremadamente reservada. Ella tampoco lo ignoraba, y a menudo se había reído de tal circunstancia ante Molly, quien había averiguado por sí misma cuan cierta era la afirmación de su amiga. Pero a Molly esto no le preocupaba mucho. También en su cabeza había muchos pensamientos y sentimientos que jamás se le ocurriría contar a nadie, excepto, quizá (si alguna vez conseguían pasar juntos el tiempo suficiente), a su padre. Pero sabía que Cynthia no sólo le ocultaba pensamientos y sentimientos: también le ocultaba hechos. No obstante también creía que esos hechos podían llevar aparejadas dificultades y sufrimientos, podían estar relacionados con lo abandonada que la tuvo su madre, y quizá fueran dolorosos; más valía que Cynthia se olvidara por completo de su infancia, en lugar de obsesionarse con los pesares y padecimientos que había sufrido. Así que no era por falta de confianza por lo que ahora Molly se sentía distanciada. Era porque Cynthia, en lugar de buscar su compañía, la evitaba: porque esquivaba la mirada franca, seria, cariñosa, de Molly; porque había ciertos temas que evidentemente no deseaba tocar, no asuntos especialmente interesantes, por lo que Molly podía intuir, sino como señales en un camino que indican lugares que hay que evitar. Molly casi suspiraba de satisfacción al observar que Cynthia hablaba ahora de Roger de una manera distinta. Lo hacía con ternura; le llamaba «el pobre Roger»; y Molly creía que debía de referirse a la enfermedad que él había referido en su carta. Una mañana, durante la primera semana posterior al regreso de Cynthia, el señor Gibson, a punto de salir de casa, entró en el salón con el sombrero puesto, botas y espuelas, y con prisas dejó un opúsculo abierto delante de ella, señalando con el dedo un pasaje concreto, pero sin decir una palabra. Los ojos le brillaban, y tenía una expresión irónica. Molly lo presenció todo, y también cómo Cynthia se sonrojaba al leer las palabras señaladas. A continuación apartó el opúsculo, sin cerrarlo, sin embargo, y siguió con su costura.


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