Hijas y esposas
Hijas y esposas —¿Qué es? ¿Puedo verlo? —preguntó Molly, extendiendo el brazo para coger el opúsculo, que estaba a su alcance. Pero no lo cogió hasta que Cynthia no hubo dicho:
—Desde luego, no creo que haya ningún gran secreto en una revista científica, repleta de ponencias de congresos. —Y se la acercó.
—¡Oh, Cynthia! —dijo Molly, conteniendo el aliento mientras leía—. ¿Es que no estás orgullosa? —Pues se trataba de un informe de la reunión anual de la Geographical Society[59], en el que lord Hollingford había leído una carta remitida por Roger Hamley, fechada en Arracuoba[60], un lugar de África hasta entonces jamás visitado por ningún europeo; y del que el señor Hamley relataba algunos detalles curiosos. La lectura de la carta se había recibido con gran interés, y los ponentes que habían intervenido a continuación habían elogiado al autor de la misma.
Pero Molly ya podía haber imaginado que la reacción de Cynthia no iba a ser un eco de los sentimientos que habían inspirado su curiosidad. Por muy orgullosa de algo que se sintiera Cynthia, o alegre, o agradecida, o incluso indignada, arrepentida, afligida o triste, el hecho mismo de que otra persona esperara que manifestara tales sentimientos le hacía reprimirlos.