Hijas y esposas
Hijas y esposas —Me temo que no me embarga la misma admiración que a ti, Molly. Apenas, para mà esto no es ninguna noticia; al menos, no del todo. Ya en Londres oà decir que se celebraba este congreso; los amigos de mi tÃo hablaban de él a menudo; desde luego, no oà todos los elogios que aquà le prodigan… pero ya sabes que no es más que una forma de hablar, que no significa nada; cuando un lord se toma la molestia de leer una de sus cartas en voz alta, siempre hay alguien que le dedica algún cumplido.
—TonterÃas —dijo Molly—. No me creo lo que estás diciendo, Cynthia.
Cynthia sacudió los hombros con un movimiento brusco y casi imperceptible, que era su modo de encogerse de hombros a la francesa, pero no levantó la cabeza de la costura. Molly volvió a leer el informe.
—¡Pero Cynthia! —dijo Molly—. PodrÃas haber ido al congreso; habÃa mujeres. Dice que «habÃa muchas damas presentes». ¿Es que no podÃas haber ido? Si los amigos de tu tÃo se interesan por estas cosas, ¿no podrÃa haberte acompañado alguno de ellos?
—Es posible, si se lo hubiera pedido. Pero creo que les habrÃa sorprendido mi repentino interés por la ciencia.
—PodrÃas haberle dicho a tu tÃo cómo estaban las cosas. Si se lo hubieses pedido, no se lo habrÃa contado a nadie, estoy segura, y te habrÃa ayudado.