Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Cuando bajó a la salita, antes de cenar, se encontró a Cynthia y a su madre hablando a solas. Había velas en la habitación, pero no estaban encendidas, pues el fuego de la chimenea iluminaba la estancia, y las dos esperaban que el señor Gibson llegara de un momento a otro. Cynthia estaba sentada en la penumbra, por lo que Molly sólo podía juzgar si se había serenado o no mediante ese fino oído. La señora Gibson relataba algunas de sus aventuras del día: a quién había encontrado en casa de las personas que había visitado; quién estaba fuera; y las insignificantes noticias que había oído. La voz de Cynthia sonaba lánguida y agotada, pero contestaba como era debido, y expresaba interés por las palabras de su madre cuando se esperaba que lo hiciera, y Molly acudió a rescatarla, interviniendo en la conversación, con cierto esfuerzo, hay que decir; pero la señora Gibson no era de las que percibían los sutiles cambios de tono o acritud. Cuando el señor Gibson regresó, el talante de la reunión había cambiado. Ahora era Cynthia la que había recobrado el ánimo, en parte porque sabía que su padrastro habría reconocido cualquier signo de abatimiento, y en parte porque era de esas personas que son coquetas de la cuna a la tumba, y que, de manera instintiva, sacan todo su donaire y simpatía cuando están en presencia de algún hombre, sea joven o viejo. Cynthia escuchó todos los comentarios e historias del señor Gibson con la dulce atención de días más felices, hasta el punto de que Molly, callada y atónita, apenas podía creer que la Cynthia que tenía delante fuera la misma que, dos horas antes, lloraba y sollozaba como si se le fuera a partir el corazón. Es cierto que se la veía pálida y con la mirada un poco apagada, pero ése era el único indicio de su anterior agitación, que sin duda tenía que seguir preocupándola, se dijo Molly. Después de la cena, el señor Gibson fue a visitar a sus pacientes del pueblo; la señora Gibson se apoltronó en su butaca, con una página del Times, tras la cual se echó una tranquila y distinguida cabezada. Cynthia tenía un libro en la mano, y con la otra se protegía los ojos de la luz. Sólo Molly era incapaz de leer, de dormir ni de coser. Se había sentado en la repisa del mirador; la persiana no estaba bajada, por lo que cualquiera podía verlas. Molly contemplaba la oscuridad del exterior, y se descubrió escudriñando el perfil de los objetos: la casita del final del jardín, la gran haya con el asiento que la rodeaba, el espaldar metálico, por el que en verano trepaban las rosas; todo ello destacaba apenas en el terciopelo crepuscular de la atmósfera. Sirvieron el té, y se inició el habitual bullicio nocturno. Luego retiraron el servicio, la señora Gibson se despertó e hizo el mismo comentario sobre «tu querido papá» que llevaba haciendo a la misma hora en las últimas semanas. Cynthia tampoco parecía distinta a la de días anteriores. Y, sin embargo, qué oculto misterio encubría su serenidad, se dijo Molly. Al final llegó la hora de acostarse, y se dijeron las palabras de rigor. Pero Molly y Cynthia subieron a su dormitorio sin decirse nada. Una vez ahí, Molly no recordó si tenía que ir a la habitación de Cynthia, o ella venir a la suya. Se quitó el vestido y se puso el camisón, y se quedó en pie, esperando, hasta llegó a sentarse un par de minutos; pero Cynthia no venía, así que fue ella y llamó a la puerta, que, para su sorpresa, encontró cerrada. Cuando entró vio a Cynthia sentada junto al tocador: todavía no se había quitado el vestido. Estaba con la cabeza inclinada sobre los brazos, y casi parecía haber olvidado la cita con Molly, pues levantó la vista como sobresaltada, y en su semblante no había más que preocupación y angustia; en su soledad, inquietantes pensamientos la habían invadido.


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