Hijas y esposas
Hijas y esposas —DIJISTE que podĂa venir —dijo Molly—, y que me lo contarĂas todo.
—Creo que ya lo sabes todo —dijo Cynthia, con pesar—. Quizá no sabes quĂ© excusa pueda tener, pero en cualquier caso ya sabes en quĂ© lĂo estoy metida.
—He estado pensando —dijo Molly, con timidez y vacilación—. E imagino que si se lo dijeras a papá…
—¡No! —dijo Cynthia—. Eso no lo harĂ©. A menos que me vaya de inmediato de esta casa. Y ya sabes que no tengo otro lugar adonde ir… sin avisar, quiero decir. Creo que mi tĂo me aceptarĂa, es un pariente, y seguramente me ayudarĂa en cualquier desgracia que me ocurriera; o quizá pudiera conseguir un puesto de institutriz… ¡menuda institutriz serĂa!
—Por favor, Cynthia, no digas disparates. No creo que hayas obrado tan mal. TĂş dices que no, y yo te creo. Ese hombre horrible ha conseguido enredarte, pero estoy segura de que papá podrĂa poner las cosas en su sitio, sĂłlo con que le consideraras un amigo y se lo contaras todo…
—No, Molly —dijo Cynthia—. No puedo, y no hay más que hablar. Cuéntaselo tú, si quieres, pero, por favor, antes debo irme de esta casa; concédeme este margen de tiempo.