Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No te preocupes. Vendrá encantado; ya le oíste decir que quería seguir hablando del asunto; es la primera vez que soy yo quien propongo una cita. Si con esto consigo ser libre… Oh, Molly, ¡te querré y te estaré agradecida toda la vida!

Molly pensó en Roger, lo que le hizo decir:

—Tiene que ser horrible… Me considero muy valiente, pero yo no creo que hubiera podido aceptar ni siquiera a Roger, teniendo un compromiso aun sin deshacer. —Se sonrojó.

—¡Te olvidas de que odio al señor Preston! —dijo Cynthia—. Fue eso, más que todo el amor que pueda sentir por Roger, lo que me hizo agradecer tener un compromiso seguro con otra persona. Él no quería llamarlo compromiso, pero yo sí; porque me daba la sensación de que me había librado del señor Preston. ¡Y así es! El único obstáculo son las cartas. Oh, puedes obligarle a aceptar ese abominable dinero, y a devolverme las cartas. Así todo quedaría olvidado, y él podría casarse con otra, y yo con Roger, y nadie se enteraría de nada. A fin de cuentas, no fue más que lo que la gente llama «una locura de juventud». Y también podrías decirle al señor Preston que, si hace públicas esas cartas, si se las enseña a tu padre o lo que sea, me iré de Hollingford para siempre…


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