Hijas y esposas

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XLV

MOLLY pasó el resto del día triste y abatida. Tener algo que ocultar era tan inhabitual en ella que la iba minando por dentro.

Era una pesadilla de la que no podía librarse; no deseaba otra cosa que olvidarla, pero todo parecía conjurarse para recordársela. A la mañana siguiente, el correo trajo varias cartas; una de Roger para Cynthia; y Molly, a quien nadie escribía, observaba con tristeza a Cynthia mientras la leía; le parecía que Cynthia no podría disfrutar de esas cartas hasta que no le hubiera contado a Roger cuál era su situación con respecto al señor Preston; y, sin embargo, Cynthia se sonrojaba y formaba esos hoyuelos en las mejillas, como hacía siempre ante cualquier bonita palabra de halago, admiración o amor. Pero los pensamientos de Molly y la lectura de Cynthia se vieron interrumpidos por el sonido triunfal de la señora Gibson al entregarle a su marido la carta que acababa de recibir:




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