Hijas y esposas
Hijas y esposas —¡Mira! ¡Y he de decir que me lo esperaba! —A continuación se volvió hacia Cynthia y le explicó—: Es una carta de tu tÃo Kirkpatrick, querida. Tiene la amabilidad de pedirnos que vayamos tú y yo a pasar unos dÃas con ellos, para animar a la pobre Helen, ¡pobrecilla! Me temo que no se encuentra nada bien. Pero no podemos tenerla aquà sin molestar a tu querido papá; y, aunque yo podrÃa haber renunciado a mi vestidor, él… ¡bueno! Asà que le expresé en mi carta lo afligida que estabas, tú más que nosotros, pues eres muy amiga de Helen… y lo mucho que deseabas serle de utilidad… como estoy segura de que asà es… y ahora quieren que vayas enseguida, porque Helen se ha empeñado en tenerte a su lado.
Los ojos de Cynthia brillaban.
—Me gustará ir —dijo—, sólo lamento tener que separarme de ti, Molly —añadió en voz más baja, como si de pronto sintiera remordimientos.
—¿Crees que podrás estar a punto para salir en la diligencia de esta noche? —dijo el señor Gibson—. Pues, por curioso que parezca, después de veinte años de ejercer tranquilamente en Hollingford, hoy me han llamado por primera vez para una consulta en Londres, mañana. Me temo que lady Cumnor está peor, querida.
—¿Y no decÃas nada? ¡Pobre lady Cumnor! Qué tremendo golpe para mÃ. Me alegro tanto de haber desayunado ya. No habrÃa podido comer nada.