Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—¡No hay nadie! ¡Qué alegría! Ah, señorita Molly, eres más elocuente de lo que crees. ¡Mira! —En la mano llevaba un enorme sobre; rápidamente se lo volvió a meter en el bolsillo, como temerosa de que alguien lo viera—. ¿Qué te ocurre, cariño? —se acercó a Molly y la acarició—. ¿Acaso estás preocupada por lo que cuenta Roger? Esto que te he enseñado son las horribles cartas que le escribí al señor Preston, y voy a quemarlas de inmediato, ya que me ha hecho el favor de enviármelas. Y todo gracias a ti, pequeña Molly… Molly, —cuishla ma chree—, latido de mi corazón… Son las cartas que durante dos años han pendido sobre mi cabeza como la espada de ese Da-no-sé-qué.

—Oh, me alegro tanto… —dijo Molly, animándose un poco—. Jamás pensé que te las devolvería. Es mejor persona de lo que creía. Y, ahora que todo ha acabado, me siento feliz. Con esto ya no podrá reclamar ningún derecho sobre ti, ¿verdad Cynthia?

—Ya puede reclamar lo que quiera, ahora no tiene ninguna prueba. No sabes el peso que me he quitado de encima; ¡y todo te lo debo a ti, encantadora jovencita! Ah, hay algo más que podrías hacer, si es que no es pedir demasiado… —La pregunta vino envuelta en caricias y zalamerías.

—Oh, Cynthia, no me pidas nada más. No sabes lo enferma que me pongo cuando pienso en lo que pasó ayer, y en la mirada del señor Sheepshanks.


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