Hijas y esposas
Hijas y esposas —Bueno, a veces creo estar muy enfermo; y luego me digo que no es más que esta vida melancólica que me hace fantasear y exagerar. —Calló por unos momentos. Luego, como si de pronto hubiera tomado una repentina decisión, habló de nuevo—: Ya sabes que hay otros que dependen de mÃ, de mi salud. No has olvidado lo que oÃste aquel dÃa en la biblioteca, ¿verdad? No, sé que no lo has olvidado. He visto en tus ojos que has pensado a menudo en ello. En aquella época no te conocÃa, pero ahora sÃ.
—No hables tan deprisa —dijo Molly—, descansa. Nadie nos va a interrumpir. Yo seguiré cosiendo; cuando quieras decirme algo, te escucharé. —Pues Molly estaba alarmada por la extraña palidez del rostro de Osborne.