Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—¡Bueno! —dijo el señor Gibson, entrando muy jovial y frotándose las manos frías mientras iba directo al fuego—. ¿Qué hay de nuevo? Se trata de Phoebe, imagino. Espero que no sea uno de sus espasmos. En fin, le recetaremos algo y se pondrá bien enseguida.

—No se trata de Phoebe, señor Gibson, ni tampoco de mí —dijo la señorita Browning, cada vez más temblorosa.

Cuando el señor Gibson vio su agitación, se sentó pacientemente y le cogió la mano cordialmente.

—No tenga prisa. Tómese su tiempo. No puede ser tan malo como imagina; veremos qué se puede hacer. Hay muchos remedios en el mundo, por más que abusemos de ellos.

—Señor Gibson —dijo ella—, es por su Molly por quien estoy tan afligida. Ya lo he dicho, y Dios nos ayude a los dos, y también a la pobre chica, pues estoy segura de que alguien la ha llevado por el mal camino, en contra de su voluntad.

—¡Molly! —dijo el doctor, refutando las palabras de la señorita Browning—. ¿Qué ha podido decir o hacer mi pequeña?

—¡Oh! Señor Gibson, no sé cómo decírselo. Jamás lo habría dicho de no estar convencida de que es cierto, y muy, muy a pesar de mi voluntad.


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