Hijas y esposas
Hijas y esposas —Sea como sea, diga lo que tenga que decirme —dijo el señor Gibson, apoyando un codo sobre la mesa y haciendo visera con la mano—. No es que me dé miedo lo que pueda decir de mi niña —añadió—. Sólo que en este nido de chismosos más vale saber lo que habla la gente.
—Dicen que… ¡Oh! No sé cómo empezar.
—Empiece por el principio —dijo él, apartando la mano de sus ojos encendidos—. No voy a creerla, asà que no tema.
—Pero es que tiene que creerme. Yo misma no lo creerÃa, si pudiera. Mantiene una correspondencia clandestina con el señor Preston…
—¡El señor Preston! —exclamó él.
—Y se ven en los lugares más inverosÃmiles y a las horas más intempestivas… por la noche… Ella se desmayó en… sus brazos, si es que puedo decirlo. Todo el pueblo comenta. —El señor Gibson volvÃa a tener la mano sobre los ojos, aunque estaba impertérrito; y la señorita Browning prosiguió acumulando detalles—. El señor Sheepshanks les vio juntos. Intercambiaron notitas en la tienda de Grinstead; ella fue corriendo detrás de él.