Hijas y esposas
Hijas y esposas —Cállese, ¿quiere? —dijo el señor Gibson, retirando la mano de la frente con una expresión severa—. Ya he oÃdo bastante. No siga. Dije que no la creerÃa, y no la creo. Supongo que debo darle las gracias por contármelo, pero no creo que en este momento me sea posible.
—No quiero que me dé las gracias —dijo la señorita Browning, casi llorando—. Pensé que tenÃa que saberlo; pues, aunque se ha vuelto a casar, no puedo olvidar que antes estuvo casado con la querida Mary, y tampoco puedo olvidar que ella es su hija.
—En este momento no quiero decir nada más —dijo él, sin contestar a las últimas palabras de la señorita Browning—. Quizá no fuera capaz de controlarme como debiera. Ojalá me encontrara con el señor Preston, le darÃa con la fusta hasta dejarlo medio muerto. Ojalá tuviera una pócima contra la calumnia. A todos esos chismosos les dejarÃa con la lengua tiesa por una buena temporada. ¡Mi pobre niña! ¡Qué daño les ha hecho para que tengan que ensuciar su nombre!
—De verdad, señor Gibson. Me temo que todo es cierto. No le habrÃa hecho venir de no haberlo comprobado por mà misma. Averigüe la verdad antes de emprender ninguna acción violenta, ya sea azotar con la fusta o el envenenamiento.
Con la falta de lógica de un hombre enfurecido, el señor Gibson soltó una carcajada: