La casa del paramo
La casa del paramo —¿Acaso te gustarÃa, Maggie, que te pidiera que entraras en sociedad y tratases de encontrar a alguien que te gustara más que yo? SerÃa más creÃble en tu caso que en el mÃo: tú nunca has salido de casa y yo he recorrido media Europa.
—Te mueres de miedo, ¿verdad, Frank? —dijo ella, con las mejillas encendidas por el rubor y sonriéndole con sus ojos grises—. Seguro que, si viera a ese Harry Bish del que Edward habla constantemente, me quedarÃa prendada de él. ¡Debe de llevar unos chalecos preciosos! ¿No crees que tengo que conocerlo antes de que nuestro compromiso sea completamente definitivo?
Pero Frank no quiso sonreÃr. De hecho, como todas las personas enojadas, veÃa nuevos motivos de ofensa en cada frase. Ella no consideraba el compromiso completamente definitivo: fue ésa la conclusión que sacó de sus jocosas palabras. Y se negó a responder.