La casa del paramo
La casa del paramo —Mi querido Frank —dijo Maggie—, no estás enfadado conmigo, ¿verdad? Es una tonterÃa pensar que debemos ir por la vida eligiendo hombres y mujeres como si fueran frutas, y tuviéramos que escoger siempre la mejor; como si no existiera algo en nuestros corazones que, si escuchamos con atención, nos dice enseguida que hemos encontrado a quien nos está destinado. ¿No es sensato lo que digo? Supongo que sÃ, pues tu rostro sombrÃo está a punto de esbozar una sonrisa. ¡Eso es! Pero ahora escúchame bien… Creo que tu padre tardarÃa menos en dar su brazo a torcer si no se enfadara todos los dÃas al saber que estás conmigo. Si te vas a Escocia, sabrÃa que nos escribimos, pero no el momento exacto en que lo hacemos. Sin embargo, ahora sabe tan bien como yo dónde estás cuando subes a verme. E imagino, por lo que dice Erminia, que está furioso todo el tiempo que pasas fuera.
Frank guardó unos instantes de silencio. Finalmente, dijo:
—Es un poco irritante verme obligado a reconocer que hay algo de verdad en lo que dices. Pero, aun queriendo, no estoy seguro de poder ir. Mi padre ya no me habla de sus asuntos, como solÃa hacer antes; y ayer me sorprendió que le contara a Erminia (aunque estoy convencido de que la información iba destinada a mÃ) que habÃa contratado a un administrador.