La casa del paramo
La casa del paramo —Entonces tendrás menos motivos para estar en casa. No querrá que le ayudes con sus cuentas.
—¡Como si alguna vez me hubiera dejado! Llevo años pidiéndole que contrate a alguien que se ocupe de sus asuntos. Son muy enrevesados, y él es muy descuidado. Pero supongo que necesitará mi firma para algunos contratos nuevos de arrendamiento; eso me dijo, al menos.
—No te quitará mucho tiempo —exclamó Maggie.
—El simple hecho de firmar, no. Pero quisiera saber más de esos terrenos y de los arrendatarios elegidos. Creo que ese tal señor Henry que mi padre ha contratado es un hombre muy estricto. Un hombre escrupulosamente honrado; pero me temo que demasiado predispuesto a negociar con dureza en nombre de su cliente. Me gustarÃa convencerme de lo contrario, a ser posible, antes de dejar a mi padre en sus manos. Asà que, Maggie, mi cruel juez… espero que no me deportes todavÃa, ¿lo harás?
—No —respondió Maggie, encantada con su decisión y enrojeciendo de placer al ver que Frank tenÃa que quedarse un poco más de tiempo.