La casa del paramo
La casa del paramo En lugar de responder, Edward siguió con la mirada en el suelo, sin pestañear. Finalmente dijo, como si hablara consigo mismo:
—Si es asÃ, otros muchos lo han hecho antes que yo sin que nadie los descubriera. Sólo tomaba prestado un poco de dinero. Pensaba devolverlo. Si se lo hubiera pedido al señor Buxton, me lo habrÃa dejado.
—¡El señor Buxton! —exclamó Maggie.
—Sà —respondió él, levantando la vista bruscamente y mirándola con dureza—. Tu futuro suegro. El viejo amigo de mi padre. ¡Es él quien quiere que me cuelguen! No tienes por qué palidecer y horrorizarte de ese modo, Maggie. El mundo es asÃ, y, si no hubiera estado tan ciego, habrÃa sabido verlo.
—¡El señor Buxton! —repitió ella con un hilo de voz.
—¡Oh, Maggie! —dijo Edward, arrojándose a sus pies—. ¡Sálvame! Tú puedes hacerlo. Escribe a Frank para que convenza a su padre de que me perdone. He venido a verte, mi dulce y compasiva hermana, porque sabÃa que podrÃas salvarme. ¡Dios mÃo! ¿Qué es ese ruido? ¡Se oyen pasos en el patio!