La casa del paramo

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En aquel momento se abrió la puerta y entró la señora Browne.

—¡Edward, hijo mío! ¡Quién iba a pensar que estarías aquí! Es un detalle por tu parte. ¡Qué sorpresa tan agradable! Muchas veces me digo que podrías venir desde Woodchester a pasar el día con nosotras. ¿Qué ocurre, Maggie? ¿Por qué ese aire de agotamiento? Tu hermana está perdiendo toda su belleza, ¿no crees, Edward? ¿Y el desayuno? Creí que lo encontraría todo preparado. ¿Qué pasa? ¿Por qué no decís nada? —preguntó, preocupada por el silencio de sus hijos.

Maggie dejó que Edward se lo explicara.

—Madre —dijo él—. He hecho algo que no está bien, y estoy metido en un lío; pero Maggie me ayudará a salir de él como una buena hermana.

—¿Qué has hecho, Edward? —inquirió la señora Browne, sorprendida y contrariada.

—¡Oh! Me tomé una pequeña libertad con la firma de nuestro amigo el señor Buxton, y la estampé en un recibo… ¡Eso es todo!

El rostro de la señora Browne fue reflejando cómo se hacía la luz lentamente en su cerebro.

—Pero eso es falsificar, ¿no? —preguntó al fin, horrorizada.

—La gente lo llama así —dijo Edward—. Yo lo llamo tomar dinero prestado de un viejo amigo que estaba siempre dispuesto a dejárnoslo.


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