La casa del paramo
La casa del paramo —No sólo pretende denunciarme, sino también juzgarme y deportarme. Ese tal Henry, su administrador, es duro como el pedernal, además de un lince. Y tiene tanto ascendiente sobre el señor Buxton que éste no se atreve a llevarle la contraria. No sé cómo ha podido venir motu proprio a hacerle esta proposición a Maggie; a no ser que el señor Henry la conozca, o lo que es más probable, la haya urdido él mismo. Entre los dos se han desquitado bien de ese pobre desgraciado de Crayston; y yo habrÃa salido aún peor parado de no haber sido por Maggie. Que me dejen en paz ahora, y no volveré a tener tropiezos con la ley.
—Si vendiéramos la casa, podrÃamos devolverle el dinero —dijo la señora Browne, pensativa—. Maggie y yo necesitamos muy poco para vivir. Pero vuestro padre os dejó esta propiedad a los dos…
—¡No, madre! Olvide eso de devolverle el dinero. Ya verá cómo él se alegra tanto de ver a Frank libre de su compromiso que ni se le ocurre reclamármelo. Y, si el señor Henry dice algo, le explicaremos que no es ni la mitad de lo que tendrÃa que haber pagado a Maggie por daños y perjuicios si Frank se hubiera librado de otra manera de ella. Ojalá Maggie vuelva enseguida; le daré unas cuantas instrucciones para que sepa qué decir. Y usted esté atenta, madre, no sea que regrese el señor Buxton y me encuentre aquÃ.