La casa del paramo
La casa del paramo Cuanto más lo pensaba, más convencida estaba Maggie de la bondad del impulso que la habÃa empujado a acompañar a su hermano. TenÃa pocas esperanzas de que su carácter se reformara, fuera cual fuera su destino en la vida, si en aquel estado de ánimo se topaba con los aventureros que constantemente viajan a América para encontrar algún El Dorado con ayuda de su ingenio. SabÃa que en aquellos momentos apenas tenÃa ascendiente sobre él, pero tenÃa una fe inquebrantable en que la paciencia y el amor acabarÃan llevándolo al buen camino. Se proponÃa conseguir un empleo —de profesora, costurera, dependienta, cualquier cosa por humilde que fuera—, a fin de no convertirse en una carga para él, y esperaba proporcionarle un hogar feliz, del que no tuviera ganas de alejarse. Su mayor preocupación era su madre. Trataba de no obsesionarse con su larga separación de Frank; era algo muy penoso, pero necesario. Pensaba escribirle y contárselo todo. Lo único que dejarÃa para un futuro más amable serÃa la posible revelación de la propuesta del señor Buxton: que, si ella rompÃa su compromiso, él no llevarÃa a los tribunales a Edward.