La casa del paramo
La casa del paramo —Ha hecho cosas terribles —respondió Maggie—. Pero estoy segura de que tú… de que ninguno de vosotros conoce sus buenas cualidades, ni sabe hasta qué punto ha estado sometido a malas influencias; y, además, se ha visto siempre privado de los consejos y la amistad de un padre, algo inestimable para un hijo. ¡Oh, Minnie! Cuando recuerdo cómo nos arrodillábamos los dos todas las noches junto a mi padre para rezar nuestras oraciones, y cómo escuchábamos después sobrecogidos y en silencio su solemne bendición, cada vez más parecida a una plegaria a medida que su vida iba languideciendo, harÃa cualquier cosa por Edward antes que reconocer que todas aquellas súplicas agonizantes fueron en vano. Lo recuerdo como el niño pequeño e inocente que me rodeaba con el brazo para protegerme de la Terrible Presencia, cuyo verdadero nombre de Amor aún no habÃamos aprendido. ¡Minnie! Mi hermano no ha tenido una buena educación; es decir, una educación que le hubiera impedido rendirse a las tentaciones. Ha sucumbido a ellas sin que mediaran advertencias ni consejos. Ahora sabe lo que son; y yo debo intentar, aunque no sea más que una muchacha ignorante, aconsejarle y animarle. No debilites mi fe. ¿Quién es capaz de obrar bien si el mundo ha perdido su fe en él?
—¿Y Frank? —preguntó Erminia, tras unos instantes de silencio—. ¡Pobre Frank!