La casa del paramo

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—¡Mi querido Frank! —respondió Maggie, levantando la vista e intentando sonreír; pero no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas—. Si pudiera preguntárselo, sé que aceptaría mi decisión. Le parecería bien que hiciera un esfuerzo. Eso no significa —añadió, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas a pesar de sus temblorosos intentos por sonreír— que no me hubiera gustado verlo. Pero no tiene ningún sentido hablar de eso. Le estoy escribiendo una larga carta en mis pocos momentos libres.

—Y yo entreteniéndote todo este tiempo —exclamó Erminia, levantándose muy a su pesar—. ¿Cuándo piensas volver? Déjanos pensar que hay una fecha. ¡América! Está a miles de kilómetros… ¡Oh, Maggie, Maggie!

—Confío en volver el próximo otoño —dijo Maggie, acariciando a su amiga para consolarla—. Edward estará instalado para entonces, espero. Tú estuviste más tiempo en Francia, Minnie. Frank estuvo más tiempo fuera aquella vez que pasó el invierno en Italia con el señor Monro.

Erminia se acercó lentamente a la puerta. Luego se volvió hacia Maggie.

—¡Maggie! Dime la verdad. ¿Te ha pedido mi tío que te vayas? Porque, si lo ha hecho, desconfía de él: lo único que pretende es romper tu compromiso.


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