La casa del paramo
La casa del paramo —No, no ha sido idea suya. Se me ocurrió a mÃ. Y enseguida comprendà que era un alivio para mi madre… ¡Mi pobre madre! Erminia, la ausencia de Edward será lo más doloroso para ella; espero que la visites a menudo y hagas cuanto puedas para consolarla. ¿Lo harás por mÃ?
—¡SÃ! Claro que lo haré; pÃdeme todo lo que quieras.
Y después las dos amigas se dieron un beso, y les costó mucho separarse.
Tuvieron que explicar a Nancy el motivo de tanto alboroto. En cuanto la vieja criada comprendió de qué se trataba, en lugar de hacer preguntas, se apresuró a levantarse y vestirse en silencio; y se presentó ante ellas débil y temblorosa, pero tan amable y serena que su presencia fue una ayuda inestimable para Maggie.