La casa del paramo
La casa del paramo Y así pasaron la velada. Madre e hijo se sentaron de la mano junto al pequeño fuego que crepitaba en la chimenea de la sala, sin encender las velas de la mesa que había a sus espaldas. Maggie, sumamente atareada con los preparativos, entraba y salía en silencio. Y, cuando no le quedó nada por hacer antes de salir para Liverpool, donde pensaba quedarse dos días para comprar lo necesario, se sentó discretamente al lado de su madre. Pero era Frank quien ocupaba sus pensamientos, «abriéndose camino hacia el sur, poco a poco, a través de todos los condados donde había buena caza», como le había contado en una carta. Si Maggie no le hubiera animado a irse, habría estado allí para que ella pudiera ver su noble semblante una vez más; pero quizá entonces le habría faltado valor para marcharse.
Hasta bien entrada la noche no se despidieron. Maggie, incapaz de conciliar el sueño, entró sigilosamente en el cuarto de su madre. La señora Browne había llorado hasta quedarse dormida como una niña. Maggie contempló su rostro, y se arrodilló a los pies de la cama para rezar. Cuando se puso en pie, vio que su madre estaba despierta y la miraba.