La casa del paramo

La casa del paramo

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—¡Maggie, querida! Eres una buena niña, y creo que Dios atenderá tus plegarias, sean cuales sean. No sé cómo expresarte el alivio que supone para mí saber que vas con tu hermano. Se me partiría el corazón si no fuera así. Si algunas veces no he sido todo lo cariñosa que debía contigo, te ruego que me perdones, querida. Te bendigo y te doy las gracias por acompañarle, pues estoy segura de que está débil y enfermo, y necesitará de alguien que le cuide. Y tú no perderás a Frank, pues, en cuanto lo vea, le contaré lo buena que has sido con tu madre y con tu hermano; y le diré que, a pesar de su riqueza, le costará dar con una esposa como nuestra Maggie… Ojalá tuviera Ned ese magnífico abrigo nuevo que dice haberse olvidado en Woodchester.

Su imaginación volvió a su querido hijo. Pero Maggie descabezó un pequeño sueño al lado de su madre, abrazada a ella; y, cuando se despertó, sintió que su sueño había sido bendecido. Al día siguiente, se encontraron con el señor Buxton en la oficina de la diligencia; parecía a punto de emprender viaje, pero miraba a uno y otro lado como si temiera la llegada de algún adversario.




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