La casa del paramo

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Así pues, aunque el barco no zarpaba hasta la marea de la tarde, salieron del hotel nada más desayunar y se dirigieron al Anna-Maria. Fueron de los primeros pasajeros que subieron a bordo. El señor Buxton acompañó a Maggie a su camarote. Ella comprendió entonces todo su ajetreo de la víspera. No faltaba nada. Había un montón de libros sobre una mesita, y todos se ajustaban a su gusto.

—¡Ahí tienes! —dijo el señor Buxton, frotándose las manos—. No me des las gracias a mí. Todo es obra de Erminia. Me dio una lista de libros. No he podido encontrar algunos; pero supongo que éstos te bastarán. Escríbeme unas líneas, Maggie, para decir que lo he hecho lo mejor posible.

Maggie le obedeció con los ojos llenos de lágrimas de cariño por la generosa Erminia. Poco después, el señor Buxton desembarcó. Maggie le siguió con la vista mientras pudo; y, cuando su figura corpulenta desapareció entre la muchedumbre que abarrotaba el muelle, sintió una inmensa congoja.





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