La casa del paramo

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El señor Buxton estuvo toda la noche muy ocupado y apenas les prestó atención, pero todo lo que hizo fue en beneficio de los dos hermanos. Incluso Edward, cuando vio la atención que dedicaba a su bienestar, sintió cierto arrepentimiento; y, después de que las palabras murieran una o dos veces en su garganta, dominó su orgullo (lo llamaré así a falta de otro vocablo mejor) y pidió disculpas al señor Buxton por su conducta pasada, y le agradeció su amabilidad. Lo hizo con bastante torpeza, pero al señor Buxton le complació el gesto.

—Bueno, bueno… todo eso está muy bien —exclamó enrojeciendo un poco: se sentía incómodo con sus sentimientos—. Será mejor que olvides eso, y hagas cuanto puedas en América; no me hagas sentir un necio por haberte perdonado. Sé que eso es lo que pensará de mí el señor Henry. Y, sobre todo, cuida de Maggie. Si sigues sus consejos, no te equivocarás.

Les pidió que al día siguiente embarcaran muy temprano, pues había prometido a Erminia que subiría a bordo con ellos y deseaba regresar a Combehurst lo antes posible. Era evidente que, al acortar su estancia, esperaba que el señor Henry no se enterara de su viaje o de su complicidad en la fuga de Edward.


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