La casa del paramo
La casa del paramo —Sà —contestó él, algo turbado—. Erminia me pidió que no te lo contara, pero no sé guardar secretos. Ella odiaba la idea de que viajarais en tercera clase, como pensabais hacer; y me pidió que os consiguiera dos camarotes. No ha sido idea mÃa, querida. Ni se me pasó por la cabeza; pero ahora que he visto lo abarrotado que está el entrepuente, me alegro mucho de que Erminia haya tenido ese detalle. Edward habrÃa podido viajar allà sin comodidades, pero para ti habrÃa sido espantoso.
—¡Qué amable ha sido Erminia! —exclamó Maggie, conmovida por la delicadeza de su amiga—. Pero…
—Nada de «peros» —le interrumpió el señor Buxton—. Erminia es muy rica, y no sabe qué hacer con tanto dinero. Lo único que me fastidia es que no se me ocurriera a mÃ. Porque, Maggie, aunque tenga mis propias ideas sobre algunas cosas, no puedo ser ciego a tu bondad.