La casa del paramo
La casa del paramo Acordaron visitarle una semana después, ese mismo día; y siguieron hablando un poco más del colegio donde habría de estudiar Edward. Luego bromearon sobre las excelencias de Maggie, y el señor Buxton, antes de despedirse, preguntó a la pequeña si iría a vivir con él cuando volviera a necesitar una criada. Su visita había sido todo un acontecimiento, y no hicieron demasiados esfuerzos para volver a sus ocupaciones diarias. Nancy fue a la sala a escuchar y discutir los planes propuestos. Ned, que no estaba muy seguro de si quería ir o no a un internado, se sintió muy ofendido cuando la anciana sirvienta hizo el siguiente comentario:
—Ha llegado el momento de que Edward se vaya. Así aprenderá cuál es su sitio, algo que, en mi opinión, tanto él como otros tienden a olvidar en esta casa.
Continuaron las discusiones y los preparativos en relación con su vestuario. Y entonces hablaron del día que pasarían en casa del señor Buxton, algo que a la señora Browne turbaba sobremanera, pues, cuando pensaba en volver a mezclarse con el mundo, le embargaba cierto sentimiento de veleidad y de culpa. Sin embargo, a Nancy le parecía bien esa visita: era «muy bueno para todos», «justo lo que se debía hacer», y «beneficioso para los niños».
—Sí, Nancy, lo he hecho por ellos —dijo la señora Browne.