La casa del paramo
La casa del paramo Siguió el sendero de luz, aunque no los condujera directamente a la costa, para que pudieran verlos. Nadaba con desesperación. De pronto creyó oÃr el último estertor de Maggie entre el oleaje; sus fuerzas se desvanecieron y se quedó flotando boca arriba como si se dispusiera a aceptar la muerte, y los espÃritus de ambos fueran a ascender al cielo a través del aire color púrpura. Unos instantes después, oyó el chapoteo de unos remos. Levantó la cabeza y dio un grito. Los hombres les subieron al bote y, después de examinar a Maggie con un farol, hablaron en galés y movieron la cabeza. Frank les suplicó de rodillas que la llevaran a tierra. Ellos desconocÃan su idioma, pero comprendieron sus plegarias. Frank besó los labios de Maggie, le frotó las manos, le escurrió el agua del pelo y se llevó sus pies contra el calor del pecho.
—No está muerta —seguÃa diciendo a los hombres, al ver sus miradas tristes y compasivas.
Las buenas gentes de Llandudno prepararon sus humildes camas y cuantas comodidades se les ocurrieron tan pronto como se dieron cuenta de la catástrofe. Frank caminó, empapado, con la cabeza descubierta, al lado del cuerpo de su Margaret, que cargaban algunos hombres por la pendiente de la rocosa orilla.
—¡No está muerta! —exclamó.