La casa del paramo
La casa del paramo Se alejó del calor y del violento fulgor escarlata en dirección a las aguas oscuras y silenciosas; y luego siguió nadando hacia la senda de la luna. Tal vez tardó media hora en alcanzar esa franja plateada. Cuando la luz de la luna los envolvió por completo, miró a Maggie. Su cabeza descansaba sobre el palo, absolutamente inmóvil. Fue una visión insoportable.
—¡Maggie… corazón mío! ¡Dime algo!
Aquella voz hizo volver trabajosamente de los umbrales de la muerte a Maggie, cuyos ojos vidriosos miraron a su alrededor como si sólo pudieran ver las brillantes luces del cielo. Luego cerró los párpados con suavidad. Y Frank tuvo la sensación de haberse quedado solo con Dios en el ancho mundo.
«Un cuarto de hora más y todo habrá terminado —pensó—. La gente de Llandudno tendrá que ver nuestro barco ardiendo, y saldrán en sus botes».