La casa del paramo

La casa del paramo

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Ella levantó la mirada; y la luz de las llamas permitió al joven ver su sonrisa tierna y confiada. Él le devolvió la sonrisa —la gravedad y la belleza de su rostro parecieron casi sobrenaturales—, y la llevó lentamente hasta un costado del barco, lejos de los maderos que caían ardiendo como teas. Luego se detuvo unos instantes.

—Maggie, si… si te estoy arrojando en brazos de la muerte…

Se cubrió los ojos con la mano. Sintió cómo su fortaleza le abandonaba.

—No tengo miedo —dijo Maggie—. Vivamos o muramos, Dios estará con nosotros.

Parecía tan tranquila y feliz como un niño en brazos de su madre. Así que, antes de que su ánimo volviera a flaquear, Frank la levantó del suelo y la arrojó tan lejos como pudo a las agitadas y centelleantes aguas. Y, acto seguido, saltó tras ella. Maggie salió a la superficie con una expresión involuntaria de terror en el semblante; pero, cuando, gracias al resplandor del buque en llamas, vio que él estaba a su lado, cerró los ojos como si fuera a quedarse dormida. Él empezó a nadar, empujando con los brazos el trozo de mástil.

—Creo que estamos cerca de Llandudno. Sé que hemos pasado el cabo de Little Ormes.

Fue lo único que dijo, pero ella no le respondió.


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