La casa del paramo
La casa del paramo Entre la muchedumbre más cercana al entrepuente destacaba un hombre de elevada estatura, tiznado de humo. No podÃa verlo, pero supo quién era. De igual modo que un pájaro adiestrado revolotea hasta el pecho de su amo cuando le asusta algún enemigo mortal, Maggie corrió hacia él y se refugió en sus brazos. Y, por unos instantes, cesó el terror o la idea de peligro en el corazón de ambos, y se vieron inundados de una paz sublime, infinita. Ella no se preguntó cómo habÃa llegado allÃ: sólo le importó que estuviera a su lado. Él fue el primero en percatarse del horror que les rodeaba. Estaba igual de sereno que cuando se sentaban bajo el espino en los apacibles y lejanos páramos. Condujo a Maggie en silencio hasta el final del alcázar. Allà la ató a un trozo de mástil. Ella no dijo nada.
—Maggie —exclamó él—, lo único que puedo hacer es tirarte por la borda. Este madero te mantendrá a flote. Al principio, te hundirás… hondo, muy hondo. No se te ocurra abrir los ojos ni la boca. Yo estaré a tu lado cuando vuelvas a la superficie. Con la ayuda de Dios, lucharé a brazo partido para salvarte.