La casa del paramo
La casa del paramo —¡Vamos, Maggie! TodavÃa hay sitio para nosotros —dijo él, haciendo caso omiso de sus órdenes.
Pero Maggie dio un paso atrás y puso la mano de la viuda en la del primer oficial.
—¡Primero sálvela a ella! —exclamó.
La mujer no fue consciente de nada; sabÃa únicamente que sus hijos estaban allÃ. Y sólo dÃas después, en un momento de calma, recordó a la joven que la habÃa empujado hacia delante para que se reuniera con sus pequeños sin padre, y que luego habÃa desaparecido de su lado tragada por la muchedumbre. Pero soñarÃa con ella hasta el fin de su vida. Edward siguió adelante, sin advertir que Maggie no iba tras él. Sordo a los reproches, indiferente a la mano que intentaba detenerle, saltó al bote. Pero los marineros que habÃa en él acababan de desengancharlo, pues iba ya abarrotado, y Edward cayó a las sombrÃas aguas en medio del oleaje. Lo último que gritó fue el nombre de Maggie, un nombre que ella jamás pensó volver a oÃr en este mundo, mientras el gentÃo la obligaba a retroceder, mareada y sin aliento. Pero de pronto, por encima de la confusión y de los gemidos de las ávidas olas, por encima del fuego abrasador, se oyó una voz que gritaba:
—¡Maggie, Maggie! ¡Maggie mÃa!