La casa del paramo

La casa del paramo

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—Me separan de mis pequeños. ¡Fe! ¡Infúndeme fe, Dios mío! Moriré en paz si en un momento tan terrible me infundes fe para sentir que Tú cuidarás de mis pobres huérfanos. ¡No llores, Billy, tesoro! —le gritó a un niño pequeño que esperaba a su madre dentro del bote; y el cambio de su voz, que ocultó su desesperación con un tono muy parecido a la alegría, mostró de lo que es capaz el amor de una madre—. Mamá irá enseguida. Tápale la cara, Anne, y envuélvelo bien en tu chal.

Y entonces bajó la voz de nuevo para seguir con sus fervientes plegarias. Maggie no pudo volverse para ver su rostro, pero cogió la mano que colgaba a su lado. La mujer se aferró a ella con fuerza; pero continuó rezando como si no fuera consciente de nada. Justo en ese instante la muchedumbre cedió un poco. El capitán había dicho que luego pondrían a salvo a las mujeres; pero los pasajeros estaban demasiado frenéticos para acatar sus órdenes, y se empujaban unos a otros para bajar a los botes. Los marineros, con grave y muda obediencia, se esforzaban por seguir sus instrucciones. Edward tiraba de Maggie, y ella seguía agarrada a la viuda. El primer oficial, en lo alto de la escala, les obligó a retroceder.

—¡Sólo mujeres!

—Hay hombres en el bote.

—Tres, para manejarlo.


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