La casa del paramo

La casa del paramo

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Las llamas se extendieron al palo mayor y ya no volvieron a menguar o a desaparecer. Todos comprendieron entonces que los denodados esfuerzos por extinguir el fuego de un puñado de hombres eran inútiles; y se oyeron las plegarias de cientos de seres aterrorizados ante la inminencia de la muerte:

—¡Señor! ¡Ten piedad de nosotros!

Desde ninguna iglesia rural quieta y apacible se elevó jamás hacia el cielo un grito tan lastimero: era como una sola voz; como el día del juicio Final en presencia del Creador.

Y después no hubo más silencio; sólo un caos de terribles adioses, desgarradores aullidos de espanto y carreras sin sentido de un lugar a otro.

Los botes estaban en el agua, balanceándose sobre las olas. El capitán dijo:

—Bajad primero a los niños; son los más indefensos.

Un par de marineros corpulentos saltaron a los botes para cogerlos. Edward siguió acercándose a la escala sin soltar a Maggie, que estuvo a punto de morir aplastada. Al lado de ella, oyó a una mujer que rezaba. Para la infortunada criatura, en aquel trance atroz sólo existía Dios, y se dirigía a Él en voz baja.


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