La casa del paramo
La casa del paramo Y sus gritos se elevaron hacia el cielo, coreados por toda aquella multitud desesperada.
Los pasajeros se apiñaban en cubierta, vestidos o desvestidos, en medio de un fulgor rojo que iluminaba el terror de sus rostros espectrales, o de espirales blancas de humo, lo más alejados posible del entrepuente; pues era de la bodega de donde salÃan las columnas de humo, y unas ocasionales y violentas llamaradas, cada vez más altas. Entretanto, las grietas de aquella sección del barco presagiaban el terrible desastre que se avecinaba.
Los marineros arriaban los botes salvavidas; y el capitán los dirigÃa desde el puente, tan sereno como si estuviera junto a la chimenea de su casa, la casa que nunca volverÃa a pisar. Su voz era baja… cada vez más baja, pero nÃtida y clara como una campana; y sus instrucciones, gracias a su sangre frÃa, muy acertadas. Algunos pasajeros del entrepuente ayudaban, pero el miedo habÃa dejado a casi todos paralizados y sin habla. En medio de aquel silencio sepulcral se oyeron unos gemidos de dolor, como si el terror cerval hubiera arrebatado a muchos su fuerza. Edward seguÃa agarrando el brazo de Maggie.
—¡Estate preparada! —susurró con vehemencia.