La casa del paramo

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Para acabar con estos pensamientos, decidió levantarse y apartar la vista de la costa; miró la tierra que pisaba su amado, bajó a la cubierta inferior y, con los ojos nublados por el llanto, empezó a ordenar su camarote y el de Edward. Oyó cómo llegaban uno tras otro los botes cargados de pasajeros. Supo por Edward, que bajó a contárselo, que viajaban más de doscientas personas en el entrepuente. Sintió la trémula sacudida del buque cuando largó amarras y empezó a ser remolcado río abajo. Se abrigó de nuevo y salió a cubierta, y se sentó entre la multitud que contemplaba por última vez Inglaterra. La oscuridad caía sobre aquella tarde de principios de invierno, ocultando la costa de Gales, cuyas montañas tanto se parecían a las de su hogar. Dio gracias a Dios cuando se sintió demasiado mareada para pensar y recordar.

Agotada e inmóvil, sin saber si estaba dormida o despierta —o si había dormido, pues se había desplomado en su litera—, oyó de pronto un gran revuelo y vio a Edward a su lado, como un relámpago, tirándole del brazo.

—El barco está ardiendo… ¡Subamos a cubierta, Maggie! ¡Fuego! ¡Fuego! —gritaba como un loco, mientras la arrastraba escaleras arriba; como si sus alaridos pudieran procurarle ayuda humana en medio del océano.


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