La casa del paramo
La casa del paramo —No puedo entenderlo. Mi cabeza está muy confusa. Oigo tantos ruidos en ella… ¿Cómo llegaste al barco? —se estremeció sin querer al rememorar aquel infierno.
Durante unos instantes, Frank temió que no fuera bueno para ella recordar las penalidades de la noche anterior; pero entonces comprendió que su imaginación no descansarÃa hasta saber qué habÃa pasado.
—Me escribiste, amor, contándomelo todo. Recibà tu carta… no sé cuándo… ayer, creo. ¡SÃ! Por la tarde. ¿Cómo pudiste pensar que te dejarÃa ir sola a América? No diré nada en contra de Edward, ¡pobre muchacho! Pero los dos sabemos que no era la persona más indicada para velar por ti, como debe velarse por un tesoro semejante. Decidà ir contigo. No sé si me habrÃa presentado ante ti enseguida, pues no querÃa tener que relacionarme con tu hermano. Ahora me doy cuenta de lo egoÃsta que era eso por mi parte. ¡Bueno! Lo único que podÃa hacer tras recibir tu carta era salir inmediatamente para Liverpool y reunirme contigo. Y, en cuanto tome la decisión, me animé mucho, pues recordé nuestras viejas conversaciones sobre Canadá y Australia, y fue como si esos sueños fueran a hacerse realidad. Además, Maggie, sospeché… y sigo sospechando… que mi padre tenÃa algo que ver con tu marcha para acompañar a Edward.