La casa del paramo
La casa del paramo —¡No, Frank! —respondió ella con seriedad—. Estás equivocado; ahora no puedo contártelo todo, pero al final tu padre se portó muy bien con nosotros. Nunca me pidió que fuera; aunque él sabÃa, y me lo dijo, que eso es lo que dirÃa Edward.
—No te preocupes, mi amor. Ya me lo contarás todo algún dÃa en nuestra casa. Hasta entonces, pensaré que mi padre no te sugirió en modo alguno este viaje. Aunque debes admitir que, después de lo sucedido, no era de extrañar que se me ocurriera semejante idea. Sólo le dije a Middleton que debÃa marcharme en el siguiente tren. Hasta que no estuve lo bastante lejos no empecé a calcular el dinero que llevaba encima. Incluso dudo que me importara que fuese poco. HabrÃa luchado con todas mis fuerzas para abrirme camino, como tantas veces he deseado hacer. Recuerdo que pensé en lo felices que serÃamos los dos, batallando juntos, codo con codo, como la gente sin medios «en ese nuevo mundo que es el viejo[26]»
Además, me habÃas escrito que viajarÃais en el entrepuente, y eso se ajustaba a mis previsiones.
—Fue la bondad de Erminia lo que impidió que fuéramos en esa clase. Le pidió a tu padre que nos reservara dos camarotes sin decirme nada.