La casa del paramo
La casa del paramo En cualquier caso, Maggie, en lugar de distinguir inmediatamente tu figura (una entre mil), tuve que escudriñar los rostros de todas las mujeres; y muchas de ellas estaban abajo. Me paseé entre las cubiertas y enseguida tuve miedo de haberme equivocado de barco. Tomé asiento; no tenía ánimos para estar de pie; y, cada vez que se abría la puerta, me levantaba y miraba, pero tú nunca aparecías. Me puse a pensar qué hacer, si desembarcar en Irlanda o seguir hasta Nueva York y esperarte allí. Fue el momento más duro, ya que no podía hacer nada; y la incertidumbre era espantosa. Tendría que haber sabido —dijo sonriendo— que mi «pequeño zar de Rusia» no estaría entre los pasajeros del entrepuente.
Pero Maggie estaba demasiado trastornada para sonreír; y el recuerdo de Edward la atormentaba.
—Entonces se declaró el incendio; cómo o por qué, supongo que nunca lo sabremos. Empezó en un extremo del barco, justo donde estábamos nosotros. Di gracias al cielo de que no estuvieras allí. El segundo oficial quería que alguien bajara con él en busca de la pólvora para arrojarla por la borda. Como no estaba ocupado en nada, me ofrecí a acompañarle. Envolvimos la pólvora en unas velas mojadas, pero era un trabajo muy delicado y nos llevó mucho tiempo. Cuando la tiramos al mar, las llamas eran cada vez más altas y pavorosas. No recuerdo lo que hice hasta que oí que Edward gritaba tu nombre.