La casa del paramo

La casa del paramo

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Decidieron que al día siguiente emprenderían la vuelta a casa, y por el camino tratarían de obtener noticias de Edward. Frank quería empeñar su único objeto valioso (el anillo de diamantes de su madre, que siempre llevaba puesto) para conseguir algún dinero, pero los solícitos galeses no se lo permitieron. No les sobraba nada, pero se apresuraron a prestar cuanto tenían a los supervivientes del Anna Maria. Frank y Maggie partieron en su carruaje, con ropa de campesinos. Era una mañana fría y clara, la primera de aquel invierno. La carretera pronto empezó a subir por los acantilados de la costa. Los dos iban mirando el mar que se agitaba abajo. Se detenían en todas las aldeas, y Frank preguntaba por Edward y pedía al cochero que indagara en galés sobre su paradero. Pero no lograron tener noticias de él, aunque de vez en cuando Maggie viera entrar a Frank en una casita de campo para examinar algún cadáver (de un amigo o familiar de alguien); y cuando salía, serio y solemne, sus ojos llorosos se encontraban con los de ella, y Maggie sabía, sin necesidad de palabras, que no era el de su hermano.

En Abergele hicieron un alto para descansar. Como era una población mayor y la búsqueda llevaría más tiempo, Maggie se tendió en un sofá, pues seguía muy débil, cerró los ojos e intentó no ver la muchedumbre incesante que forcejeaba enloquecida bajo la luz rojiza de las llamas.


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