La casa del paramo

La casa del paramo

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Frank volvió más o menos al cabo de una hora; y tras él, sigiloso, con paso torpe y de puntillas, apareció el señor Buxton. Era evidente que trataba de reprimir el llanto; pero, al vislumbrar la pálida figura de Maggie, extendió los brazos hacia delante.

—¡Querida Maggie! ¡Hija mía! —exclamó—. ¡Dios te bendiga!

Fue incapaz de seguir hablando. Lloraba a lágrima viva, pero puso la mano de Maggie en la de Frank, y las mantuvo unidas.

—Mi padre —dijo Frank, con voz ronca y los ojos llenos de lágrimas— se ha enterado de todo antes de recibir mi carta. Tendría que haber adivinado que las señales de los faros llevarían la noticia rápidamente a Liverpool. Yo le había escrito unas líneas para decirle que me embarcaba contigo; por suerte, nunca llegaron a su destino… Al menos mi querido padre se ahorró ese dolor.

Maggie vio la mirada de confianza recuperada que se dirigían padre e hijo.

—¿Y mi madre? —dijo finalmente.

—Está aquí —respondieron los dos al mismo tiempo, con grave solemnidad.

—Oh, ¿dónde? ¿Por qué no me lo habéis dicho antes? —exclamó, levantándose al instante.

Pero la expresión de Frank y del señor Buxton le dijeron por qué.


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