La casa del paramo

La casa del paramo

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—Edward se ha ahogado… está muerto… —susurró ella, leyendo en sus miradas.

No obtuvo respuesta.

—Dejadme ir con mi madre.

—Maggie, está con él. Su cuerpo apareció anoche en la orilla. Mi padre y ella se enteraron mientras venían. ¿Podrás soportarlo? Ella no se separará de él.

—Llevadme a su lado —contestó Maggie.

La condujeron a un dormitorio. Tendido en la cama estaba Edward, hasta entonces lleno de esperanzas y de planes mundanos.

La señora Browne miró a uno y otro lado, y vio a Maggie. No abandonó la cabecera de Edward, ni apartó la mirada de su infortunado rostro. Pero cogió la mano de su hija cuando ésta se arrodilló a su lado, y le habló en voz baja sin lágrimas que le alteraran la voz. Su desdichado corazón ni siquiera podía encontrar el consuelo del llanto.

—¡Está muerto! ¡Se ha ido! ¡Jamás volverá! Si se hubiera marchado a América… acaso hubiera tardado algunos años, pero habría vuelto a mi lado. Pero ahora no regresará jamás. ¡Jamás, jamás…!

Su voz se fue apagando, como se apagan los gemidos del viento nocturno en la lejanía; y reinó el silencio: un silencio más triste y desesperado que cualquier palabra apasionada de dolor.


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