La casa del paramo

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II

Finalmente se vistieron, y Nancy se quedó en los escalones del patio, protegiéndose los ojos del sol con la mano y siguiéndoles con la mirada mientras subían la ladera cubierta de brezos que conducía a Combehurst.

«Ojalá le diera la mano de vez en cuando a Maggie, para que pudiera sentir el calor de una madre. Tal vez lo haga algún día, al menos cuando el señorito Edward se vaya al internado».

Mientras seguían su camino, la señora Browne enseñó a los niños unas cuantas normas de educación y etiqueta.

—Maggie, tienes que sentarte muy erguida, con la espalda bien recta, sin encorvarte. Si me oyes toser, ponte derecha. Toseré cuando hagas algo mal, y estaré vigilándote todo el tiempo, no lo olvides. Tú siempre estás erguido, Edward. Como eres chico, si el señor Buxton te lo ofrece, puedes beber un vaso de vino. Pero no dejes de decir: «A su salud, señor», antes de empezar a tomártelo.

—Prefiero no probar el vino si tengo que decir eso —respondió Edward con franqueza.

—¡Qué tontería!, querido. Estoy segura de que quieres ser un caballero.

Edward murmuró algo inaudible.


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